Sin corazón ni razón

08/Oct/2015

El País, Ecos, Eduardo Kohn

Sin corazón ni razón

El estudio sobre la situación sanitaria en el marco de la
guerra que se libra en territorio sirio, publicado por epidemiológicos
especializado en desastres en la revista British Medical Journal, resalta como
uno de sus datos tan significativos como macabros que: los bombardeos golpean
con mayor crueldad a niños y mujeres. De cada cien muertos que deja tras de sí
un ataque, 27 son menores.
Los investigadores relatan que se han documentado ataques
suicidas dirigidos específicamente contra menores dentro de colegios o barriles
bomba lanzados desde helicópteros contra hospitales por parte de fuerzas
gubernamentales. Lo presentan como ejemplo de que estas bombas, armas
supuestamente indiscriminadas, se están usando “de forma selectiva contra niños
y otros grupos civiles”.
Los autores del estudio utilizan los datos del Centro de
Documentación de Violaciones de Siria (VCD), que está realizando un censo de
víctimas civiles muy detallado, lo que ha permitido desglosar en detalle las
causas de muerte. Por ejemplo, 852 niños fueron ajusticiados durante el
conflicto, algunos de ellos tras sufrir torturas.
De los 1.783 centros de salud que había en Siria antes de la
guerra, sólo la mitad funciona con normalidad y el 59% de los hospitales
públicos no están operativos o sólo parcialmente. Los suministros de agua se
han reducido un 50% respecto a los niveles anteriores al conflicto y las
condiciones de vida insalubres para los desplazados han provocado brotes de
enfermedades como la leishmaniasis, la hepatitis A, la fiebre tifoidea y otras
dolencias que hasta 2011 se mantenían en niveles bajos.
Hoy, después de cientos de miles de muertos, millones de
desplazados, más millones deambulando por el mundo intentando que algún país se
apiade y les de refugio, Rusia decidió bombardear por los próximos meses para
salvar a Bashar Al Assad. La van a “ayudar” Irán y Hezbollah. Y no es broma. Es
la tragedia que miramos con ojos mustios e impávidos, perplejidad y absoluta
impotencia.
Siria no ha desaparecido como país real por el estallido de
una confrontación civil interna. Tampoco por la invasión de las bestias de ISIS
un tiempo después.
Siria desapareció por indiferencia e intereses. La
indiferencia suma muertes civiles, huérfanos, enfermos, y lo multiplica
indefinidamente, porque indiferencia y complicidad son hermanos.
Los intereses actúan cuando les conviene y las masacres que
generan son para ellos apenas estadísticas. Dictadores como Bashar Al Assad no
son diferentes a Saddam Hussein o Kaddafi. Como Assad ya no puede seguir en su
sillón con poca ayuda, ahora pidió mucha, y enseguida obtuvo lo que necesita
para tener su porción de supervivencia a través de aliados cuyos nombres chocan
contra cualquier definición de libertad y derechos.
Conviene recordar que el Consejo de DDHH de las Naciones
Unidas, organismo de retórica vacua y contexto de la nada, tiene ahora en su
presidencia a Arabia Saudita (el país de la lapidación, entre otras reglas de
respeto por el prójimo), y uno de sus miembros es Siria, cuyo Embajador – en
nombre de Assad – habla vehementemente de violaciones a los derechos humanos,
por supuesto que no las de Siria.
La indiferencia y la complicidad construyeron un siglo XX
tenebroso.
En el siglo XXI hacen el mayor esfuerzo por continuarlo.